Mire, voy a ser honesto con usted desde el principio. Cuando empecé en oftalmología hace ya casi veinte años, recuerdo claramente el primer caso de queratitis bacteriana que manejé sola. Una señora de 67 años, María Elena, que había descuidado una úlcera corneal por usar lentes de contacto vencidos. Llegó al servicio de urgencias con un ojo rojo, doloroso, con secreción purulenta y una visión reducida a contar dedos. En ese entonces, el protocolo era más limitado.