Mira, déjame contarte algo que aprendí en mis años de práctica. Cuando empecé, la escabiosis era ese diagnóstico que siempre llegaba en el momento más incómodo — viernes a las 5 PM, o justo cuando tenías que irte a una cena. Y te juro, el manejo era un desastre. La gente llegaba con recetas de azufre que olían a infierno, o con historias de tratamientos que no funcionaban. Hasta que llegó Acticin.