Déjeme contarle algo que aprendí en mis primeros años como residente de endocrinología. Teníamos una paciente, María, 47 años, con obesidad grado II, resistencia a la insulina y esteatosis hepática no alcohólica. Había probado todo: orlistat, metformina, dietas cetogénicas, incluso un programa de ayuno intermitente supervisado. Nada funcionaba a largo plazo. Su A1c se mantenía en 6.8% y su peso fluctuaba 15 kilos al año. Fue entonces cuando empecé a investigar alternativas que abordaran no solo el peso, sino el desequilibrio metabólico subyacente.