Miren, les voy a ser honesto: cuando empecé en infectología hace veintitantos años, manejar VIH era como caminar sobre arenas movedizas con los ojos vendados. Teníamos tres o cuatro fármacos, todos con perfiles de toxicidad que hoy llamaríamos francamente inaceptables, y la adherencia era un chiste de mal gusto —tres tomas al día con restricciones alimentarias ridículas. Tenvir-EM no cayó del cielo. Llegó después de años de ensayos clínicos, discusiones acaloradas en comités de farmacia y más de un dolor de cabeza regulatorio.